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Primera parte

ULSUR

Capítulo 1

Manos

Agazapado bajo un árbol, el esquelético niño tembló. Quedaba tan poco para que se hiciera de noche… Cuando las manos desgarraran las últimas luces, el bosque se llenaría de ojos. Y, entre las miradas que fosforecían en la espesura, estaría la de la Señora: tan llena de amor como siempre.
Corrió adentrándose en el bosque. La hojarasca crujió, las piedras se le clavaron en los pies desnudos. Pero nada de aquello importaba. Un aullido alocado se enroscaba en su cerebro.
«Ulsur, piensa bien lo que estás haciendo porque esta será tu única oportunidad.»
No vio la raíz que sobresalía del suelo.
Cayó. Escupió barro y hojas muertas. Al intentar levantarse, un dolor sordo subió por su pierna.
Escuchó el rumor del agua.
«El río está cerca.»
Sin mirar la sangre que caía por su pierna, avanzó hacia la corriente con un único pensamiento: escapar.
Los últimos rayos del sol se filtraron entre las ramas y una luz de fuego bañó su rostro. «Encontrar algo que me ayude a flotar.»
Miró alrededor. Ninguna rama era lo bastante grande.
El día se estaba yendo. Pronto sería la hora en la que Ella volvía de ese lugar más allá de las paredes y diría:
«¿Dónde está mi cena, niño?», balanceándose en la mecedora, atrás y adelante, atrás y adelante.
Mientras se desprendía de la careta y los globos oculares se fundían, la Señora le obligaría a mirar. Entonces la realidad se derramaría y las manos se estirarían sobre las llamas de la chimenea, moviéndose con el sibilante fluir de las sierpes.
Él siempre trataba de esconderse cuando Ella se quitaba, una a una, las tiras de carne muerta de la cara y decía:
«¿Tienes hambre, querido?»
Masticando y meciéndose, masticando y meciéndose.
«Llegar al río.»
El torrente rugía con más fuerza. Las sombras se pegaban a las ramas como ropa mojada. Avanzó sin mirar atrás. Sólo necesitaba una rama que no se rompiera.
Divisó el caudal gris, que corría a borbotones entre los escarpados márgenes. El agua saltaba entre las piedras con un fragor que lo asustaba. Pero no había otra salida. Si tenía que escoger, prefería el abrazo gélido del río.
Llevaba el pergamino bajo la camisa.
«No puedo perderlo.»
Ella lo buscaba. Las manos reptando bajo la puerta, hacia la oscuridad del bosque.
«Por favor por favor por favor por favor…»
Descendió por la pendiente. Resbaló con guijarros sueltos. Pisó barro fresco.
El agua era profunda y tenía fuerza suficiente para
(tragarlo)
arrastrarlo muy lejos, fuera de su alcance.
Pronto la oscuridad sería total.
«Sólo una miserable rama.»
Buscó como loco alrededor.
Un golpe en la rodilla hizo que frenara en seco. Creyó que se iba a desmayar. Entonces la vio. La rama sobresaliendo de la tierra como un brazo marchito.
Estiró. Sabía que en cualquier momento sentiría en su espalda las garras de las manos, que palpaban cada rincón del bosque buscando su calor.
Estiró con fuerza. Una vez más.
Cayó hacia atrás, pero mientras perdía el equilibrio supo que la rama había cedido.
Un crujido. Sus ojos escrutaron las sombras. Trató de levantar la rama del suelo. Era demasiado pesada. La empujó hacia el borde de la ribera. Un gran escalón lo separaba del río.
«Me ataré a la rama con el cinturón.»
Pero algo iba mal.
El silencio, la quietud. En el bosque siempre había sonidos, pero ahora hasta el río había callado. Como sombras del ocaso, las manos venían hacia él. Alargadas. Llenas de ojos. Si le atrapaban, traspasaría la pared. Entonces vería lo que había más allá.
«¿Quieres caer en mí, hijito? ¿Quieres volar?»
Su calor bañaba la orilla y las manos lo sintieron. Después, los ojos vieron.
Se lanzaron con furia ciega, buscando a su presa.
Las sombras alargadas asfixiaron el bosque. Un canto lóbrego sonó entre las copas de los árboles cuando los pájaros de ojos vacíos se aproximaron agitando sus alas.
Se abalanzaron sobre el niño, pero este ya caía. La rama se sumergió en las aguas revueltas y, por un segundo, su cuerpo desapareció.
Se estaba ahogando. No podía respirar. Giraba y giraba y giraba bajo el agua.
«No te sueltes,
no
te
su
el
tess
ssssss.»
Una bocanada de aire. El viento helado en su rostro.
Abrió los ojos. Creyó ver a la Señora allá lejos, en la orilla, diciéndole adiós con la mano. Tan serena, tan joven.
Las formas de los árboles corrían velozmente a ambos lados. Se agarró con más fuerza y trató de recuperar el aliento, mientras la corriente le llenaba la nariz y la boca de agua.
La Señora se detuvo junto al río. Se alisó la falda y se miró las manos juveniles.
No perdería la compostura. Tenía todo el tiempo del mundo.

2

El sol calentó los harapos empapados que cubrían el cuerpo de Ulsur. Agarrado a la rama que flotaba en el remanso del río, el niño se mecía inconsciente en las tranquilas aguas, rodeado de juncos.
Edward Harris regresaba por el camino del río, con la cesta repleta de truchas y la caña al hombro. Cansado y satisfecho, silbaba una alegre tonada mientras observaba el despertar del bosque. La luz de la mañana, llena de texturas y volúmenes, se esparcía por el blanco polvo del camino, destacando las piedras que sobresalían de la tierra y haciendo destellar el rocío en las flores silvestres y plantas que crecían a rodales.
Mientras miraba los reflejos turquesa del agua, vio un bulto que sobresalía entre los cañaverales. Dejó la cesta en el suelo y se aproximó.
Descendió entre las cañas. El agua le empapó los camales de los pantalones.
Con un gruñido y maldiciendo su suerte, Edward se tiró al agua.
Las manos crispadas del muchacho se agarraban con fuerza a una rama.
«Está vivo.»

3

Ulsur despertó sobresaltado. El corazón latiéndole con fuerza.
Vio la espalda de un hombre, enfundada en una vieja capa negra, que removía una olla en el hogar.
«¿Dónde estoy?»
Se tocó el cuerpo y gimió. De la pierna le subía un dolor lacerante. Intentó moverla y sintió cómo la herida se abría y supuraba.
El hombre que estaba junto al hogar lo miraba.
―Vaya, parece que la trucha ha despertado ―dijo Harris.
Todavía aturdido, el niño trató de incorporarse, pero no pudo.
―Tranquilo, chico ―dijo Harris― tienes una herida muy fea. Deberías estarte quieto―. Harris vertió un generoso cucharón del espeso guiso en un cuenco―. Esto te hará bien.
Ulsur rechazó la comida, pero ya era demasiado tarde: el olor a carne estofada le había hecho la boca agua.
El hombre insistió.
Ulsur agarró el plato y hundió la cuchara. Una vez. Y otra. Y otra.
En cuanto el tazón estuvo vacío, el niño se levantó del jergón. El dolor de la pierna era insoportable, pero tenía que irse.
«¿Estaré lo suficientemente lejos?»
Miró por la ventana. Era de día, pero empezaba a oscurecer.
―¿Dónde está mi ropa?
―Si te refieres a lo poco que queda de ella, está en la silla, junto al fuego.
Ulsur trastabilló. Las piernas le temblaban. La herida de la pierna tenía un aspecto muy feo. Casi no podía doblar la rodilla.
―Chico, no quiero meter las narices en tus asuntos, pero te prometo que no te voy a hacer nada. Quédate el tiempo necesario para recuperarte. Podrás marcharte cuando tu pierna esté mejor.
Ulsur trató de andar. La maldita herida casi lo hizo chillar.
El hombre parecía sincero, pero no podía confiarse.
Miró alrededor. Podría escapar por la ventana si cerraba la puerta. Había un atizador junto al fuego. Además, la noche no tardaría en llegar.
«La noche llena de ojos.»
―El pergamino. ¿Dónde está mi pergamino?
―¿Es eso lo que buscas? ―dijo Harris. Los ojos del muchacho brillaron.
Ulsur arrastró la pierna hasta la mesa y cogió el pergamino.
Se quedó muy quieto, apretándolo fuerte. Le zumbaba la cabeza. Casi no podía sostenerse.
―Vuelve a la cama, chico.
El muchacho tembló aferrado al trozo de papel.
Harris se sentó junto al fuego. Miró al niño. Tenía los ojos desorbitados. Heridas por todo el cuerpo.
Ulsur se arrastró hasta al jergón. Se acurrucó.
Harris llenó una pipa y la encendió. Sabía que estaba metiéndose en problemas.
―Por cierto, chico. Me llamo Harris. Y supongo que tú tendrás un nombre. ―Ulsur no contestó―. Está bien. Si no me dices cómo te llamas, tendré que llamarte trucha.
―No ―dijo el niño―. Me llamo Adam.
Harris observó al muchacho. No tendría más de diez años, aunque sus ojos parecían los de un viejo. Oscuros, profundos, asustados.
―¿Sabes dónde estás, chico? ―Ulsur negó con la cabeza. Deseó no conocer el nombre del sitio en el que se encontraba―. Estamos en el bosque de Redwin. Te encontré en el río.
Ulsur tembló. Había viajado más de lo que pensaba, pero no suficiente.
«Ella estará furiosa.»
Era mejor que no pensara en ello si no quería volverse loco. Quizás lo más acertado sería descansar, clarificar su mente y trazar un plan.
Miró el atizador.
―¿Cómo te caíste al río? Tus padres estarán buscándote…
―¡No!
Harris miró con sorpresa al muchacho.
―Está bien, hijo. ―Tendría que tener cuidado con lo que hacía. Podía oler el peligro. La tensión del chico era palpable. Miraba con insistencia la ventana, como si esperara que apareciera algo en cualquier momento.
―Toma ―dijo Harris entregándole una vieja camisa―. Ponte esto. Mañana trataré de conseguirte algo de ropa.
El niño no dijo nada. Se quedó quieto, mirando fijamente al hombre.
―No le digas a nadie que estoy aquí ―dijo el muchacho―. Por favor…
―Está bien ―contestó Harris―. Yo no diré nada, pero tienes que hacerme caso y quedarte acostado. Créeme. He visto heridas y esa tuya no pinta nada bien. Voy a hacer una cataplasma y a ponértela en la rodilla. Te aliviará.
El muchacho guardó silencio mientras Harris preparaba la medicina.
La cabaña era pequeña y destartalada. El jergón, una mesa, una silla y un baúl, sobre el que había un saco grande y abultado, eran los únicos muebles. En la mesa, junto a algunos enseres de cocina, había un libro viejo con tapas de cuero.
Harris extendió la cataplasma sobre la rodilla herida y en los múltiples cortes y magulladuras. Si el chico había venido desde donde creía arrastrado por el río, era increíble que estuviera vivo.
Huía de algo. Cuando lo encontró todavía estaba atado a la rama que lo había mantenido a flote. Y no había soltado el pergamino. Tenía que ser muy importante para él.
Mientras el muchacho yacía inconsciente había echado un vistazo. Le extrañó que no estuviera mojado. Al tocarlo, el objeto le repelió. Tenía un tacto viscoso, y las letras una desagradable textura que le recodó las vísceras de los animales.
En el pergamino había una firma:
Ereine
Ulsur cerró los ojos. Las heridas le escocían, pero había sobrevivido. Aunque tenía que ser listo si quería seguir a salvo.
No podía confiar en nadie. En cuanto estuviera mejor se iría, arrastrando la pierna si hacía falta. Huir lejos. Lo más lejos posible. Ella todavía estaba muy cerca y, cuando llegara la noche, las manos saldrían en su busca.
Oyó el canto de los pájaros. Se estremeció.
«No, no son ellos.»
El silencio siempre precedía la aparición de la bandada que intentaría picotearle los ojos para meterse en su…
«Calla. No sigas. Descasar. Debes descansar.»
Quizás aquel hombre dijese la verdad.
«O quizás espere a que te duermas para hacerte daño.»
Estaba tan cansado… El fuego chisporroteaba en el hogar. La comida le había calentado el estómago. ¿Había hablado aquel hombre? Empezaba a escuchar las palabras distorsionadas, como si vinieran del fondo de un pozo.
«Mantente despierto. Los ojos. Abre los ojos…»
Pero los párpados pesaban tanto…
Harris observó al muchacho. Sus pómulos famélicos manchados de barro. El pelo revuelto y enmarañado. Y esos ojos febriles.
Le echó una manta extra por encima. Se sentó junto al fuego y encendió la pipa. Cogió el libro y leyó un rato, sin poder concentrarse.
El sueño del chico era intranquilo. Murmuraba algo.
Harris le tocó la frente. Ardía. Le puso un trapo mojado.
Había tenido suerte de sobrevivir al río, pero esas heridas tenían mal aspecto.
Cerró el saco. Tendría que posponer su salida. El muchacho temblaba y rechinaba los dientes.
De repente, Ulsur empezó a gritar y Harris pegó un respingo. No acababa de entender lo que decía. Estaba delirando.
Harris miró el fuego. Sus propias pesadillas seguían asaltándole. Conocía el terror en la mirada de un hombre. Lo había visto en sus propios ojos.
Volver al Borde. Regresar. Sólo allí volvería a sentirse bien. Tantos caminos que descubrir. Sólo su saco y las piedras. ¿Adónde habría ido mañana si el muchacho no hubiera torcido sus planes? Necesitaba encontrar algo para vender. Se estaba quedando sin dinero.
En cuanto el chico se marchara
(si sobrevive)
volvería a salir.
«Este muchacho sólo te traerá problemas.»
Pero no podía dejarlo morir en el río. Ya había hecho cosas de las que no estaba satisfecho. Aquella no sería una de ellas.

4

Ulsur duerme y, en el sueño, encuentra el sosiego que tanto necesita. Pero sólo por unos instantes. Sobre la calma planean los temores, los deseos, intentando abrirse paso en su mente, intentando hacerse con el control.
Está en una jaula de paredes transparentes. Su voz rebota en los muros sin encontrar la salida. Fuera está Ella. Lo sabe. Y la única realidad es este cuarto que parece menguar a su alrededor. Pega la cara y las manos al muro y una bandada de pájaros muertos se estrella contra él.
Un millón de alas se rompen, pero los pájaros han entrado.
La habitación es su cabeza.
Las plumas le llenan la boca, ahogándole. Y cuando intenta sacarlas, se da cuenta de que son ojos. Cientos. Salen de su garganta y vuelan hacia las paredes. Hacia el otro lado. Estirándose, meciéndose entre dos mundos. Atrás y adelante, atrás y adelante.
«¿Quieres volar?», dice la voz.
Una sombra se balancea en el techo. Una sombra llena de dedos.
«Entonces, dame la mano. Te llevaré conmigo y podrás verme de cerca. Verme de verdad.»

5

Fuera es de noche. Los pájaros duermen en sus ramas, pero no todos.
En la cenagosa negrura del organismo, los pájaros están despiertos. Escrutan con sus cuencas vacías desde lo alto. Buscando.
«Le encontraremos emos emos emos.»
«Sí», dice la Señora, «lo haréis.»
«El niño es nuestro nuestro nuestro.»
Cuando los ojos se abren como flores podridas, los pájaros salen. Baten sus plumas mohosas. Abren sus picos huecos. Vuelan hacia él. Anhelantes. Ávidos.
«¿Quieres cruzar la pared pared pared? Nosotros te llevaremos.»
La bandada es silenciosa. Flota sobre las manos, que se arrastran a ras de suelo. Las garras son cortantes como vidrio roto.
«Todo el tiempo del mundo», dice la Señora. «Todo el tiempo del mundo.»

6

―Tengo que irme, chico.
A través de la sucia ventana, Ulsur vio que estaba amaneciendo.
Era la primera vez que el hombre lo dejaba solo en dos semanas.
Harris llevaba su capa negra y desgastada. Al hombro, un pico y una pala.
―Volveré antes de que anochezca.
Ulsur lo miró sin decir nada. ¿Por qué aquel hombre lo trataba bien?
«Nadie da algo a cambio de nada, querido. Tengo muchas cosas que lo certifican. Te tengo a ti.» La Señora tenía razón. El sótano estaba repleto de regalos que lo atestiguaban, presentes que la gente había traído para conseguir algo a cambio.
«¿Qué querrá de mí?»
Ulsur se tocó la rodilla. La herida había cicatrizado bastante bien y la pierna no le dolía tanto. Había atado el pergamino a una cuerda, y lo llevaba colgado al cuello.
El contacto le producía una sensación desagradable, pero no se lo quitaría.
«Ereine.»
Era lo único que tenía. Su única esperanza.
«Te encontraré, donde quiera que estés.»
Él podría haber sido alguno de los que cruzaban la laguna con regalos. Él los había visto peregrinar hasta la casa: viejos, jóvenes, mujeres, hombres… Nadie escapaba del hambriento abrazo. Y Ella había rechazado el trato la mayoría de veces. Oro, piedras preciosas, manjares exquisitos, animales, pieles… Aquello sólo provocaba el desprecio de la Señora.
Sin embargo, en contadas ocasiones, Ella sonreía. Un buen presente llegaba: un regalo que alimentaría al vientre.
Eran días buenos, en los que se mostraba generosa dejándole dormir en el suelo de la cabaña, dándole los restos de su cena.
Ulsur recordó a la vieja Samiry, con el frasco de lágrimas derramadas al tener su único hijo. O la vulgaridad aparente del cuchillo de Ceres, con el que había vengado a su padre.
El trato se había cerrado con sus nombres estampados en un pergamino, y ellos habían obtenido lo que buscaban.
«Los hombres son tan predecibles. Las historias se repiten, pero la intensidad de sus sentimientos… Ah, eso siempre me llena de gozo, niño.»
Él también había sido un regalo.
«Tu madre hubiera hecho cualquier cosa por llegar a Araneida.»
Él no la había creído. Se mantuvo escéptico hasta el día en que Ella le arrojó el pergamino a los pies, mientras su cara cambiaba frente a las llamas de la chimenea.
Las letras resecas estaban escritas con una tinta roja demasiado parecida a la sangre:
«Ereine.»
Un nudo le cerró la garganta. Un nudo que dolía.
―¿Cómo puedo saber que no es falso?
Una risa desgarradora respondió a su pregunta, y el niño se alejó, con el pergamino contra el pecho, evitando mirar las tiras de carne desprendiéndose de su rostro.
Ese día, algo en su interior cambió.
Su madre había hecho un trato con la Señora para llegar a un lugar llamado Araneida. Lo había utilizado como objeto de cambio, era cierto. Sin embargo, ¿no ofrecían a la Señora lo más precioso que tenían?
Era evidente que ella le quería y, por alguna razón que él desconocía
(un poderoso motivo)
había tenido que recurrir a aquel intercambio.
Como lava derramándose por su estómago, el deseo de saber se extendió por sus entrañas. Quemándole. Quién era su madre. Por qué le había abandonado. Qué lugar era aquel. «Araneida.»
La Señora no le diría nada. El silencio era parte del trato. Y él no tendría descanso hasta saber lo que había sucedido.
Escapar se convirtió en un buen motivo para seguir vivo. Escapar para encontrar respuestas.
Sin embargo, Harris le había cuidado durante dos semanas enteras. Y todavía no le había pedido nada a cambio. Entre sueños, recordaba la voz del hombre confortándolo mientras le ponía un trapo húmedo en la frente.
Ya hacía un par de días que podía levantarse y Harris seguía sin preguntarle nada. Estaba desconcertado.
Antes de que el hombre se marchara había estado a punto de decirle su verdadero nombre.
«No, no lo hagas. Vete, Aprovecha que él no está para salir corriendo. Huye. Ha pasado demasiado tiempo. Ella te estará buscando.»
Pero no quería. Se quedaría algún día más.
«Lo justo para conseguir algo de ropa y comida. Entonces me pondré en marcha.»
Esperaría a que Harris regresara.
«Quizás esta noche vuelva a contarme esa historia, la del libro con tapas de cuero. ¿Lo habré soñado?»
No se acordaba del cuento en sí, pero recordaba haberse sentido bien. La voz del hombre había borrado las pesadillas. Pero ahora ya estaba curado y el pergamino le llamaba.
«Madre, ¿por qué me abandonaste?»
A veces se escapaba y espiaba lo que hacían otros niños. De noche, las casas parecían lugares tranquilos, apacibles. Pero no la suya. En la cabaña había un sótano. Y estaban ellos. Los pájaros. «Mamá te quiere», decía la Señora. Pero en su voz siempre había una risa cínica, desangelada. Y podía escuchar el ruido de las alas batiendo, dentro de Ella, en aquella oscuridad que atravesaba paredes.
«Trucha», decía el hombre. Y en su voz no había nada malo, nada que pudiese herir.
Ulsur deseó no tener que marcharse. Quedarse un poco más. Descansar.
Aquella noche le pediría al hombre que le leyese la historia de nuevo.

7

Calema está sentada en su mecedora. Las manos finas reposan sobre el regazo. Se mece lentamente, atrás y adelante, atrás y adelante.
Los pájaros están con Ella. Le susurran al oído lo que quiere saber. «Ahora está solo solo solo. El hombre, el viajero del Borde, no está. Pero regresará pronto. Antes de que caiga la noche y nosotros volemos de nuevo.»
«Tonterías», dice la Señora, «podemos hacerlo ahora.»
Se levanta de la mecedora. Ellos ya saben lo que tienen que hacer.
La bandada de pájaros muertos se agita en torno a Ella, oscura como una nube de insectos. El primero le arranca la fina piel del párpado y estira, dejando a la vista la verdadera cara, que borbotea.
Calema sonríe. Su boca es un agujero informe.
Los globos oculares, protuberantes como burbujas, rezuman un líquido amarillento antes de estallar. El esqueleto de un pájaro emerge por la cuenca vacía, agitando sus alas secas. Las garras afiladas de la criatura se aferran a la nariz antes de desgarrar un trozo de carne.
La piel de la Señora hierve. Está cambiando.
Los pájaros arrancan sanguinolentas tiras, que vuelan en el interior de la cabaña como serpentinas.
Entonces las manos se alzan, fluyendo. Se desparraman líquidas por el suelo, por las paredes, por las vigas.
El canto fúnebre y desalmado resuena una vez.
«Esta vez ha costado más», dice la voz. «Todavía no ha caído la noche. La luz del sol es clara y brillante. Duele ele ele ele ele.»
Pero las manos se arrastran fuera, penetran en la tierra, se ocultan en umbríos rincones, en la espesura del bosque.
«Vuelve al nido nido nido do do do», pían las criaturas.

8

Ulsur vio las galletas que Harris había preparado para él. Cogió una. Estaban deliciosas.
La cabaña estaba hecha un asco, así que limpiaría un poco y prepararía la comida.
La mañana era clara y el cielo estaba despejado. No debía preocuparse.
El libro estaba sobre la mesa, así que lo cogió. No entendía las palabras. Sin embargo, en aquellas páginas había una historia. El hombre le había dicho que podría enseñarle a leer, y que él mismo podría contarse cuentos.
Puso la comida al fuego y se sentó junto a la olla a esperar que hirviese. Miró el baúl. Estaba cerrado. Había visto a Harris guardar allí su saco. También había visto donde dejaba la llave.
Además de un montón de libros viejos, en el interior había una pequeña y extraña estatuilla que representaba una mujer con cabeza de pájaro y grandes alas. La cogió. Tenía los pechos desnudos. Dio un respingo y la dejó en su sitio.
Al fondo había otro libro. Un manuscrito. Era hermoso, con brillantes colores. Unos seres de majestuosas alas parecían volar hacia lo alto, hasta alcanzar las nubes. Extasiado, contempló las fascinantes criaturas y sintió que una tibieza serena se expandía por su cuerpo, calmando su temor. Pasó la mano por encima. Nunca había visto nada tan maravilloso.
Durante largo rato contempló las ilustraciones. Deseó que el hombre se lo leyera. Pero Harris nunca sacaba nada de aquel baúl, que permanecía siempre cerrado.
La olla empezó a hervir. Ulsur guardó el libro y dejó la llave en su sitio.
Se aproximó a la ventana y observó el bosque. No había pasado tanto tiempo, pero le dio la sensación de que la mañana se había deslizado hacia la tarde. Miró el cielo, donde habían aparecido algunas nubes grises. Bajo esa luz, el paisaje circundante, alegre y de intensos colores, se había vuelto melancólico. Ulsur se inquietó.
«Tranquilo, no pasa nada. Es de día.»
Entonces lo oyó. Un golpe sordo contra la puerta. Cogió un cuchillo y se escondió bajo la ventana, inmóvil. Si hubiera podido, se habría fundido con la pared. El pensamiento le provocó un escalofrío.
Esperó un rato, que le pareció eterno. Escuchó los sonidos del bosque. El trino de los pájaros, el murmullo del viento entre las ramas, el ocasional correteo de algún animal. Cuando creyó que había pasado suficiente tiempo, abrió la puerta y escrutó el camino, que se perdía en el bosque tras un recodo. No vio a nadie.
Se aventuró a rodear la casa. Un rayo de luz, que se abrió paso entre las nubes, bajó hasta la cabaña y la tiñó de oro. Ulsur sintió el tibio contacto en su piel. Respiró tratando de recuperar la calma. Las motas doradas se derramaron sobre las ventanas y cincelaron las protuberancias de las paredes. Pero entonces, la luz dorada se disipó y el mundo cambió: del cielo comenzó a caer con enloquecedora suavidad una lluvia de alas rotas y picos quebrados.
En escasos segundos, el suelo se tapizó de pájaros muertos.
Ulsur no pudo gritar: estaba paralizado contemplando las sombras que se arrastraban hacia él al fondo del camino. Ahogando la luz.
«Las manos. Ya vienen.»
Los afilados dedos consumieron la tierra circundante, esculpiendo abismos de nada a su alrededor.
La respiración se cristalizó en su garganta cuando las sombras lo cubrieron y el vidrio roto de las uñas rasgó su piel.
Las manos tiraron de él, sumiéndolo en un precipicio de negrura, atrayéndolo hacia el territorio donde la carne fluía como grasa sobre ascuas encendidas y las vísceras se desparramaban por el suelo como gelatina.
En medio de la oscuridad salvaje, vio cómo los pájaros muertos se levantaban del suelo y comenzaban a volar, con sus alas rígidas, en torno a sus ojos, buscando una abertura.
«Quieren entrar… en mi cabeza.»
Los picos, duros y afilados como estiletes, se arrojaron sobre él, abriendo surcos en sus mejillas, arrancándole tiras de carne. En un remoto lugar de su conciencia, comprendió que las llevaban al nido.
Un grito delirante se perdió en el espacio y los pájaros desaparecieron.
A un millón de kilómetros de la realidad, oyó la voz de Harris llamándole. Pero ya estaba un paso más allá. Iba a ver lo que había al otro lado de la pared: el vientre. Y dentro de él, los pájaros piarían. Y Ella se mecería atrás y adelante, atrás y adelante.
«¿Tienes hambre, querido?»
Antes de entrar, los ojos se abrieron al unísono. Cientos, miles. Como flores podridas, enseñando sus corolas en la profundidad de la sombra tentacular.
Con toda la potencia de su cuerpo, Harris se abalanzó sobre el niño y lo cargó a cuestas como un fardo. Corrió como nunca. Sin mirar atrás. Sin pensar en las manos que se retorcían y fluían hacia él.
Aturdido, Ulsur cabeceó sobre la espalda de Edward mientras el hombre galopaba para salvar su vida, para salvar la vida de ambos, dejando atrás la oscuridad que, según se alejaban, perdía intensidad.
Salieron del camino y se internaron en el bosque. La oscuridad ya no estaba. Pero Harris siguió corriendo, esquivando árboles, saltando zarzas.
Cuando estuvo muy lejos se detuvo. Jadeaba por el esfuerzo.
―Adam, ¿puedes hablar? Contéstame si puedes. ―A lo lejos, navegando en un mar de tinieblas, Ulsur vio una barca que se aproximaba. Sobre ella, una luz blanca titilaba en la oscuridad―. Ya queda poco. Aguanta.
Edward miró hacia atrás. Las manos habían regresado a la guarida de donde procedían.
«Por el momento.»
Había tenido el presentimiento de que el chico le traería problemas, de la misma manera que había sabido desde el primer día que lo vio, mojado y blanquecino como la panza de una trucha, que debía ayudarlo. Y el pergamino había confirmado sus presagios: los viajeros del Borde sabían quién era la Señora.
El templete se levantaba en el claro del bosque. Lo rodeaba un pequeño camposanto. La cúpula, grácil y ligera, se erigía sobre esbeltas columnas de mármol, por las que habían trepado las enredaderas. La estructura permanecía intacta, aunque el interior estaba abandonado. La puerta hacía tiempo que había sido convertida en leña para el fuego y, dentro, el moho y la humedad habían verdeado restos de estatuas y fragmentos del friso, que sobresalían entre los escombros desperdigados por el suelo.
Harris atravesó la nave central.
«Si nos hubiera encontrado de noche no habríamos podido escapar. Y aún así…»
Tras el ara principal estaban las escaleras que descendían a la cripta. El hueco permanecía oculto bajo una losa de mármol.
Harris dejó al chico en el suelo con cuidado. Tocó su frente. Estaba fría. La respiración era débil.
―Adam, vamos, despiértate. El peligro ha pasado.
La barca está muy cerca. Dentro hay un hombre de pie. Lleva un fanal que resplandece con una aureola de plata. La luz le envuelve y disipa las tinieblas.
―Esto nunca falla. Haz un pequeño esfuerzo. Bebe —dijo Harris.
El aguardiente se deslizó por su garganta. Abrasador. Reconfortante.
Ulsur tosió. Abrió los ojos. El rostro borroso de Edward tembló unos instantes. Recordó.
―Las manos…
―Se han ido. Por el momento. Pero tenemos que escondernos.
Harris incorporó al niño. Luego apartó la losa. El agujero que cubría era oscuro. Y profundo.
Ayudó al chico a levantarse. Todavía estaba mareado, pero podía mantenerse en pie.
―Primero bajaré yo y después te ayudaré. Ten cuidado, los escalones son resbaladizos.
Cuando estuvieron dentro, Harris colocó la losa. La oscuridad era aplastante.
―No… ―dijo el niño. El aleteo resonaba en su mente.
―Dame la mano. No tengas miedo.
Todavía sentía su mente escindida, a medio camino entre este mundo y ese lugar imposible donde Ella se alimentaba.
Las escaleras eran empinadas, pero cortas. A partir de allí, el túnel descendía en pendiente.
Poco a poco los ojos se acostumbraron a la oscuridad, y Ulsur vio que la piedra del túnel emitía un tenue fulgor.
Caminaron durante bastante tiempo, siempre en silencio. A medida que se adentraban en el túnel, notó que su mente se aclaraba y que sus miembros cansados adquirían energías renovadas.
Harris estaba callado.
Siguieron avanzando durante un periodo de tiempo indeterminado, adentrándose en las entrañas de la tierra.
Ulsur se llevó la mano al pecho.
«Sí. Todavía sigue aquí.»
Agradeció que la suerte lo hubiera acompañado. Era la única prueba que tenía de que era su hijo. Su vida futura dependía de aquel trozo de papel.
―¿Te encuentras mejor? ―La voz de Edward le sobresaltó.
―Sí. Es raro, pero no estoy cansado.
―Lo sé. Y, a medida que bajemos, te sentirás mejor.
―¿Por qué?
―Porque estás cerca del Borde ―Harris sonrió―. Has estado muy cerca, trucha.
Ulsur se estremeció.
―Llegaron de repente. Los pájaros… ―Edward le puso la mano en el hombro―. Supongo que debo darte las gracias.
―Supongo que sí ―respondió Harris.
―Y quizás tampoco estaría mal una explicación ―dijo el niño.
Edward rió. Por un momento, los temores desaparecieron.
―Eso me gustaría, pero antes debemos llegar a un sitio. Ya falta poco. No te separes de mí.
Ulsur se dio cuenta de que el techo era más alto. Atisbó una cierta claridad.
―El Borde está cerca.
Primero no distinguió bien lo que veía, pero segundos después Ulsur no daba crédito. Un desierto de dunas, tan extenso que se perdía de vista, ondeaba ante ellos. Absorto, contempló el paisaje de cuerpos durmientes en infinitas posturas. Se preguntó qué clase de lugar era aquel. El Borde, había dicho Edward, pero ¿el borde de qué?
El niño miró al hombre, que se había agachado y parecía recoger algo.
Harris dijo:
―Vamos, coge unas piedras.
―¿Qué?
―Llénate los bolsillos de piedras.
Ulsur hizo lo que el hombre decía, hasta que no le cupieron más en la mano.
―No tengo bolsillos donde meterlas.
―Vaya, qué tontería, trucha. Pero tengo solución para todo. De hecho, te traía algo que quería darte antes de que Ella…
Ulsur se estremeció. Sintió el frío vítreo de las manos en sus tobillos.
Harris sacó un hato de ropa de un zurrón.
―¿Es para mí?
―Sí, aunque creo que él era más grande que tú.
El hombre le guiñó un ojo, pero Ulsur no lo vio. Examinaba una chaqueta negra, nueva, y unos pantalones. Se quitó el pergamino del cuello para ponerse la ropa. Cuando iba a dejarlo en el suelo, cambió de parecer y se lo dio a Harris.
Edward sonrió para sí. Era una muestra de confianza. Algo por dónde empezar.
El chico se puso la ropa. Le sentaba bastante bien, aunque la chaqueta le venía grande.
―Te quedarán perfectas cuando crezcas un poco ―dijo Harris―. Y a ti te hacían más falta que a él.
Ulsur lo miró con extrañeza.
―¿A quién te refieres?
―Al niño del pueblo que enterré ayer.
Ulsur no supo qué responder.
―¿Le has quitado la ropa a un muerto? ―dijo el muchacho. Harris asintió―. Bueno, supongo que ellos no necesitan bolsillos.
Harris sonrió.
―Ya sabes que alguien me anda siguiendo —dijo el chico.
―Sí, y no me he enterado hoy, trucha. Sabía que huías de la dama.
Ulsur abrió la boca, tratando de decir algo.
―¿La conoces? ―respondió.
―Había oído historias, pero ahora sé que es mucho peor de lo que dicen.
Ulsur calló. Harris no podía imaginar cuánto. Nadie más que él podía. Él y los muertos del sótano.
―No me llamo Adam. ―Harris lo miró con sus brillantes ojos―. Estoy buscando a mi madre. Ereine. Me entregó a la Señora cuando yo era pequeño. Quería ir a un sitio llamado Araneida. Ella le dijo cómo, a cambio de mí.
―Y necesitas saber por qué.
―Sí. —Ulsur guardó silencio—. Todos ellos entregaban un regalo, lo más precioso que tenían, a cambio de conseguir su deseo. Quiero saber qué es más importante que un hijo.
«Ellos. ¿A cuántas personas ha visto el chico mendigar deseos en casa de la Señora?»
Harris calló. Se le ocurrían muchas razones por las cuales una madre podría abandonar a su hijo, pero no se las iba a decir. Tendría que hallar la respuesta por sí mismo.
―¿Sabes cómo puedo llegar allí?
Harris meditó unos instantes.
―No lo sé, pero quizás sepa una forma de ayudarte.
―¿De verdad? ―El deseo iluminó sus ojos.
―Es una suposición, pero no tenemos nada que perder.
―¿Qué tengo que hacer?
―De momento, llénate los bolsillos de piedras.
Cuando sus bolsillos se abultaron, Harris dijo:
―Quizás necesites utilizar más de una. Y no sirven más que estas. Las del Borde.
El niño le miró. Su rostro estaba radiante.
Harris sintió remordimientos. Quizás fuera mejor intentar disuadirlo, pero había visto esa mirada antes. Supo que sería inútil.
―Ahora entraremos.
Ulsur extendió su mano y Harris la cogió.
El hombre y el niño caminaron hasta lo alto de una duna cercana. Una luz amarillenta, que descendía desde lo alto, bañó sus cuerpos. Luego, el chico hizo lo que Harris le susurró al oído.
La piedra llegó lejos. Muy lejos.
La arena se fundió en el lugar donde cayó la piedra y el puente apareció. Bajo el arco corría un torrente de agua, espumoso y salvaje.
―Ellas conocen el camino ―dijo Harris―. Pero, a partir de este momento, tendrás que ir solo.
―¿Quién eres tú?
―Un simple viajero del Borde.
―Pero trabajas de enterrador.
Harris sonrió de nuevo. Ulsur miró el agua, que corría veloz entre las dunas del desierto.
―¿Qué es el Borde?
―Todavía estoy buscando la respuesta. Sólo sé que aquí las piedras funcionan. Abren caminos.
Harris fijó la vista en el puente.
―Tienes que irte ya. No queda mucho tiempo.
―Una última pregunta. ¿Podré encontrarte de nuevo?
―Quién sabe, trucha. Quizás, si te tiras a un río, te recoja de nuevo.
Ulsur dudó un momento y se abrazó al hombre.
―Gracias. De verdad, gracias por todo.
Edward lo abrazó a su vez.
―Que tengas suerte, chico.
«La vas a necesitar.»
Antes de cruzar el puente, Ulsur miró por última vez a Harris y le saludó con la mano.
«¿Será una trampa?»
Pero ya era demasiado tarde. Sus pies pisaban la ribera.
Estaba en otro lugar.

 

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